Hipoterapia

Jamás se hubiera imaginado rodeada de caballos. Pero qué carajo! ahí estaba con tres de ellos y con tres meses por delante para profundizar en la hipoterapia. El primer dia los caballos estaban mojados por la lluvia y de su piel brillante se desprendía una olor característica mitad animal mitad naturaleza.
Estaban en un patio de escuela habilitado como caballerizas, sin lugar a duda muy modestas.
Los niños iban llegando al espacio después que los caballos fueran puestos a punto. Aquellos niños no olían ni a perfumes ni colonias sino que olían a infanteces truncadas y vidas duras pero a pesar de todo alegres. Ella siempre recordaba las sonrisas de aquella gente tan humilde pero con tanta dignidad para seguir viniendo a pesar de los constantes infortunios.
Aquel día había un chico nuevo. Rubio. Ojos claros. En seguida que llegó su madre que le acompañaba no le quitaba el ojo de encima, no tendría más de 10 años. Era autista. Se caracterizaba por no mirar nunca a los ojos y parecer captar las emociones y sensaciones de una forma completamente distinta al resto. Los primeros días fueron complicados no quiso subir al caballo, parecía como si simplemente con olerlo le hiciera retroceder de sus intenciones.
Por fin, al pasar unos días conseguimos montarle y que sintiera la sensación de estar sobre el animal. Los ejercicios de hipoterapia eran sencillos: levantar las manos, girar la cabeza, sobretodo poner atención en lo que se está haciendo.

Aquel chico la desconcertaba, no sabía cómo tratarlo porque del grupo de chavales habitual ninguno era autista. Era como si viviera su propia realidad aparte.
Inspiró una vez y le vino el olor de boñiga fresca de caballo. No era una olor fétida. Les daba buen alimento, en concreto boles de cebada todos los días, que ella misma les preparaba con gran cariño y devoción.
A veces pensaba que podían vender esas boñigas como fertilizantes para el campo y así disponer de algún dinero extra en el proyecto que tanta falta les hacía.
De los tres caballos que habían se percató que uno de ellos no era como el resto. Un poco como el niño autista y el resto de los chavales.
Después de llamar a un cowboy y hacer galopar hasta la saciedad al caballo, el cowboy llegó delante nuestro y nos dijo mientras el caballo sacaba espuma por la boca y la piel:
-No es un caballo para hipoterapia. Es un caballo de ganado.
Estaba claro que su temperamento era muy diferente al del resto. Solitario, independiente, un poco como…bueno…ya sabéis!
El volcán estaba humeante y a veces se podía oler ese olor a ceniza del Tungurahua. Probablemente el volcán se había dado cuenta antes que todos nosotros que esa no era tierra para ese caballo y que todo el fuego que tenía dentro -que no era poco- necesitaba de otros destinos y quehaceres.
El proyecto se truncó después de un incidente con el caballo del rancho.
Pero dos de los hipoterapistas originales del proyecto inicial formaron su propio recinto. Esta vez un lugar cálido, más cercano a las faldas del volcán. Había incluso hasta un jardín de infancia que olía a limpio, casero, infantil…un…”pequeño cielo en la tierra”!
Pero sin lugar a dudas la estrella del proyecto fue la adquisición del nuevo caballo:
un caballo de color marrón glacé, con ojos color caramelo y que miestras caminaba realizando la hipoterapia se dormía como un bebé de la pereza que sentía. Manso y dulce como pocos. Por poco más de 100$ nuestros sueños se habian transformado en realidad.
Ella no estaba acostumbrada a ello pero en aquel lugar:
nada apestaba, por algo esa tierra ecuatoriana se la conocía con el sabio dicho de la “tierra de las flores y las frutas”

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