Guatemala misteriosa

Mary había estado trabajando como profesora de inglés unos cuantos meses. Bien se merecía unas vacaciones de aquel lugar aislado, recóndito y con tanta humedad guatemalteca. Una humedad que estropeaba todo lo que se ponía enfrente de ella: ropa, ordenadores, madera…todo, no dejaba ni tan sólo las páginas de los libros de la cabaña tranquilos.

Así que se tomó una semana de vacaciones por su cuenta para poder relajarse de todo aquello. Cerró su mini camarote dentro de la cabaña con su candado y se fue.

Todo lo que aconteció a partir de ese momento fue un auténtico misterio. Su compañera de cabaña, que vivía justo al lado no podía ver, oir, oler, tocar ni sentir…todo acontecía en el camarote de al lado de una forma sigilosamente silenciosa y secreta. Nadie imaginaba las múltiples sensaciones corporales que tendrían que tener de saber que es lo que estaba pasando dentro del camarote de Mary. De ser así estarían aterrados, cubiertos de sudor, temblorosos…

Habían pasado unos días tan sólo y en el camarote se iba gestando en un pequeño cubil improvisado unas extremidades ya bien definidas. La luz del día no se filtraba a través de la cabaña de palma y eso permitía a las criaturas desarrollarse con comodidad. La vida se hallaba en todo su esplendor, a pesar de que los habitantes de la vivienda no supieran lo que les podía roer desde dentro.

Empezó un nuevo día, justo el día previo a la llegada de Mary después de sus vacaciones por el país maya.

Por la mañana, a primera hora casi sin darse cuenta eclosionaron los huevos de la criatura. Eran una docena aproximadamente. El pánico no se apoderó de nadie porque la mayoría de ellos estaban profundamente dormidos.

Las criaturitas habían llegado al mundo al lado de mamá. Papá estaba lejos, probablemente en la jungla buscando alimento.

Aquellos bichos eran tan silenciosos que nadie sospechaba todo lo que se estaba transformando en el interior del camarote de Mary. El día acabó y las criaturas se agrupaban para mantener su temperatura constante. Los voluntarios estaban extenuados, había sido un día de mucho calor y nada hacia presagiar lo que pasaria con la llegada de Mary.

A la mañana siguiente Mary llegó radiante. Sin lugar a dudas aquellas mini vacaciones le habían sentado fantásticamente bien. Estaba relajada, tranquila, en paz…

Llegó con la garganta seca como una hoja, algo que se repetiría de nuevo no mucho tiempo después de beber una buena cantidad de agua.

Saludó dentro de la cabaña a sus compañeros voluntarios y se quedaron charlando sobre los nuevos descubrimientos vacacionales de Mary.

El ambiente era distendido y daba la impresión que nada podía turbarles.

Después de un buen rato hablando Mary decidió retirarse a su camarote con su mochila  y abrió lentamente el candado.

Pocos segundos después se oyó el primer grito de Mary mientras el corazón le latía con grandes mazazos.

El resto de voluntarios que quedábamos tensó los tendones del cuerpo y temblorosos nos dirigimos hacia la habitación de Mary.

Allí estaba ella peleándose con el pánico, mirando fijamente su cama. Encima de ella habían esas minúsculas criaturas, crias de alacrán de pocos días de vida.

Consiguieron ponerse de acuerdo y sintieron que la siguiente pregunta era…

-Y ¿dónde está mamá?

Y de repente, la respiración se les había vuelto a acelerárseles. Mamá estaba en la entrada fijándoles la mirada. Una mirada brillante, negra y ardiente.

Esa madre sólo tenía ojos para sus crías. De repente, Mary tomó la sábana con las crías y desde un pequeño balconcito de la habitación las precipitó al vacío. Al mirarlo, la alacrana se esfumó del escenario.

En realidad, no eramos una amenaza para ellos pero Dios Mío, pensamos, si salimos de ésta sin una picada de alacrán lo viviremos para contarlo en un buen relato.

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